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Literatura
La fe y el sentido de la vida
por Salvador Dellutri

Conferencia dictada el 27 de abril de 2005 en la Feria del Libro Del Autor al Lector, Buenos Aires, Argentina

Salvador Dellutri es presidente de la Sociedad Bíblica Argentina

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El hombre es un ser que vive de cara al futuro y es conciente de su temporalidad. Todos sabemos, como decía Heráclito, que la vida es un viaje que se desliza sobre el río del tiempo, por lo tanto tiene un punto final, existe un límite. Sabemos que el único vaticinio cierto es que cada ser humano tiene una lápida en su futuro.

Ese límite insalvable, esa presencia silenciosa pero implacable de la muerte, nos obliga a reflexionar sobre el sentido de nuestra vida. Podemos eludir el tema, tratar de escaparnos, pero tarde o temprano los inevitables reveses y las circunstancias adversas nos obligarán a enfrentarnos a las grandes preguntas existenciales: ¿De dónde vengo? ¿Hacia donde voy? ¿Cuál es el sentido de la vida? Y detrás de estos interrogantes está presente el único que realmente nos importa que es ¿Cuál es el sentido de mi vida?

Para tener claro el alcance del tema que nos han propuesto es necesario hacer un poco de historia, porque estas preguntas, características del hombre de la modernidad, son el resultado de un largo proceso histórico.

En los siglos previos al renacimiento los hombres tenían un sentido trascendente de la vida y toda la existencia giraba en torno a la fe. La fe era la sólida base que los sostenía ante los avatares de la vida diaria y la esperanza en la vida trascendente los impulsaba a grandes realizaciones.

Pero gradualmente todo fue cambiando. Con la llegada de la ilustración y el auge del racionalismo se atacó duramente a la fe presentándola como antagonista de la razón. Se calificaba a la fe no solo como irracional sino como antirracional, intentando destruir así el concepto tomista de suprarracionalidad de la fe.

Se entronizó a la razón como único camino de conocimiento y con esto el universo humano se fue empobreciendo y achicando porque lo único verdadero era lo que podía ser tamizado por el razonamiento.

Comenzaron los tiempos de rebelión contra la fe trascendente y se pretendió canalizar el sentimiento religioso hacia la secularidad. Recordemos que en Francia durante la revolución se despojó a la catedral de Notre Dame de Paris de todos los símbolos cristianos y se la transformó en templo de la Razón.

En la época del terror entronizaron a la diosa razón en la persona de una bailarina de opera a la que pasearon procesionalmente vestida con una túnica blanca y un manto azul, ante la presencia de las más altas autoridades revolucionarias, en un acto que hoy calificaríamos como “oficial”.

Sobre esta base, se desarrolló la sociedad moderna y la razón se transformó en una deidad tiránica que impuso su paganismo sobre todo el mundo occidental. La fe trascendente fue desechada como una superstición del pasado, como una rémora oscurantista que, necesariamente, debía ser superada, y la jactancia de los racionalistas fue tener únicamente «fe en la ciencia».

Durante la modernidad la fe trascendente fue abiertamente rechazada por la mayoría de los filósofos, pensadores y científicos. Lentamente se fue avanzando en un proceso de desacralización de la cultura que encuentra lo que cree que es su etapa final cuando Federico Nietzsche afirma la muerte de Dios. Esa presunto óbito de la divinidad quería marcar el fin de la fe trascendente y de la religión.

Augusto Comte llega al delirio cuando, conciente de la imposibilidad de eliminar las necesidades religiosas del hombre, crea una religión secular a la que denomina Religión Positiva. La divinidad suprema de esta religión es el Gran Ser, es decir el hombre en su máximo desarrollo que debe reverenciarse como la finalidad a la que todo individuo debe aspirar. Hizo un paralelo entre la religión cristiana y la nueva religión donde Dios era reemplazado por el Gran Ser, los dogmas por las leyes naturales, los santos por los grandes científicos y los ángeles custodios por las mujeres. Según Comte debía rendirse adoración a la tierra, porque es el habitat humano, y al espacio porque la tierra se mueve dentro de él.

Comte, como fundador de esta religión, asume su función de profeta, organiza una jerarquía eclesiástica, consagra sacerdotes y funda templos. A su fallecimiento sus discípulos rechazaron el aspecto religioso, retuvieron el filosófico e hicieron desaparecer el aspecto delirante. De esta forma su filosofía continuó influyendo en la sociedad francesa del siglo XIX, y posteriormente trascendió a otras latitudes.

Esta rebelión contra la fe hizo crisis en el siglo veinte. El mundo maravilloso soñado por los positivistas dio paso a un siglo paradójicamente salvaje e irracional. Ya lo había vaticinado Francisco de Goya cuando en uno de sus grabados colocó la famosa frase “El sueño de la razón produce monstruos”. Esos monstruos mostraron su siniestro rostro durante el siglo que dejamos atrás.

Sin embargo la rebelión contra la fe y la visión trascendente de la vida se mantuvo.

En 1943, plena Segunda Guerra Mundial, Sarte estrena una de las obras más representativas del teatro existencialista: “Las Moscas”. Y ya que esta Feria del Libro relaciona el libro con el escenario me permito tomar algunas frases de Orestes, el representante de lo humano, en su enfrentamiento con Júpiter, el supremo dios del panteón pagano.

Orestes le dice:

Extraño a mí mismo, lo sé. Fuera de la naturaleza, contra la naturaleza, sin excusa, sin otro recurso que en mi. Pero, no volveré bajo tu ley; estoy condenado a no tener otra ley que la mía. No volveré a tu naturaleza, en ella hay mil caminos que conducen a ti pero sólo puedo seguir mi camino. Porque soy un hombre Júpiter, y cada hombre debe inventar su camino.

Más adelante el arquetipo del hombre confiesa su crisis diciendo:
Nos deslizamos uno junto al otro sin tocarnos, como dos navíos. Tú eres un Dios y yo soy libre; es­tamos igualmente solos y nuestra angustia es semejante. ¿Quién te dice que no he buscado el remordimiento en el curso de esta larga noche? El remordimiento, el sueño. Pero ya no puedo tener remordimientos. Ni dormir.

Y más adelante, cuando Júpiter lo interroga sobre el destino de sus hombres dice:
¿Por qué había de rehusarles la desesperación que hay en mí, si es su destino? (...) son libres y la vida humana empieza del otro lado de la desesperación.

Es encomiable la sinceridad de Sastre que admite su rebeldía, asume voluntariamente transitar por el camino que lo aleja de Dios, pero no puede dejar de admitir que esa libertad no lo deja dormir y lo arroja en brazos de la desesperación.

¿De dónde nace la angustia existencial? ¿Por qué es inevitable la desesperación? Porque falta el sentido teleológico de la vida, un sentido que vaya más allá de la barrera de la muerte, un sentido que solo puede alcanzarse a través de la fe.

Orestes se niega a la fe trascendente, y la libertad, ese tesoro invalorable, es para él una condena, una forma de torturante esclavitud, una carga agobiante puesta sobre el hombre que lo sume en la desesperación.

Notablemente cuando Jesucristo habla de la libertad la muestra como una meta de paz y realización. El dice: conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Para añadir luego: Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres. La fe hace la diferencia.

Terminada la guerra mundial al teatro existencialista lo sucede el teatro del absurdo, una expresión acabada de donde termina el camino que prescinde de la fe para alcanzar el sentido de la existencia.

Ionesco, Albee y Beckett miran al hombre como un ser arrojado y abandonado a la existencia y al que no le queda ni siquiera el recurso de la desesperación. La vida carece de sentido porque, como diría Heidegger somos nada más que seres-para-la-muerte.

Samuel Beckett en Esperando a Godot, que algunos consideran como la obra más representativa del teatro del absurdo, muestra a sus dos personajes dialogando en el vacío, inmovilizados de tal manera que aún en los momento humorísticos resultan patéticos.

Vladimiro y Estragón esperan la llegada de alguien que se llama Godot. La situación se plantea como en el teatro tradicional, pero no evoluciona, no deriva, no se resuelve. Godot no viene y cae el telón sobre la frustración. Paradójicamente esperan, pero sin esperanza; se deciden a avanzar, pero permanecen estáticos. Todo es inútil, incluso la cuerda que puede ser el instrumento del suicidio termina no sirviendo. Dicen; “No podemos seguir así”, pero están paralizados. No hay acción, todo está invadido por el tedio... la vida no tiene sentido.

Las grandes preguntas - ¿De dónde vengo? ¿Hacia donde voy? ¿Cuál es el sentido de mi vida? - quedan sin respuesta. Todo está invadido por el vacío y la nada.

El hombre moderno por el camino del racionalismo, prescindiendo de la fe cae en el agnosticismo. Pero no puede encontrar el sentido de su existencia. La ausencia de Dios es, como decía Nietszche, un cataclismo que produce tal vacío en su interior que lo paraliza.

Desde que las artes – pintura, literatura, música - se han desprendido de la trascendencia lo único que han podido hacer es expresar el vacío interior, girar vertiginosamente sobre la propia angustia, pero no tienen respuesta para las preguntas existenciales. Dios está ausente, pero toda la reflexión se centra en el vacío, en el hueco infinito producido por su ausencia.

Esta falta de sentido de la vida trajo duras consecuencias. Una sociedad sólidamente fundamentada en principios y valores entró en crisis. Todos los esfuerzos de los humanistas por darle un soporte moral basado en el rigor del pensamiento fueron inútiles.

Lentamente fue cediendo la solidez de la sociedad y comenzó a perder su forma original ablandándose y convirtiéndose en permeable a toda influencia extraña.

Las instituciones y los valores que dan estabilidad a la sociedad fueron cediendo. Lo hicieron porque despojados de sacralidad perdieron su solidez. El matrimonio perdió su sacralidad y se transformó en un contrato entre dos partes; la vida perdió su sacralidad y hoy hablamos de eutanasia o aborto; la sexualidad perdió su sacralidad y hoy aceptamos toda perversión como normalidad. A eso nos ha llevado abandonar a Dios y negar la fe trascendente como fundamento indispensable de una sociedad sólida.

Y en esta crisis de la modernidad hemos llegado al extremo de entregarnos mansamente al pensamiento débil aceptando verdades contradictorias, como si cada uno pudiera tener su propia verdad y no fuera necesario confrontarlas para encontrar la Verdad con mayúscula.

En medio de esta crisis está el hombre, estamos nosotros, llevados por la corriente del tiempo y con la única certeza de que existe un límite, una meta a la que velozmente nos acercamos. Y necesitamos saber para qué estamos aquí, que sentido tiene vivir y luchar, hacia donde nos dirigimos...

Jung decía: “Alrededor de un tercio de mis pacientes no padecen una neurosis definible en términos clínicos, sino más bien sufren por la insensatez y futilidad de la su vida. Esto puede denominarse la neurosis general de nuestros tiempos”

El problema del hombre cuando quiere encontrar el significado de su existencia prescindiendo de la fe es que, a diferencia de los animales, carece de un instinto que determine lo que tiene que hacer y desprendido de la fe que podría trazarle un camino no alcanza a comprender siquiera lo que le gustaría hacer. Por eso va detrás de la manada, repite sus gestos, utiliza su lenguaje y acepta sus códigos. Cree que si todos lo hacen ese debe ser el camino correcto. Pero esto lo convierte en víctima de los modernos totalitarismo sociales, donde los dictadores de las modas se transforman en los rectores de una gran parte de la humanidad sacando no pocos beneficios.

Víctor Frankl dice:

“... el vacío existencial se manifiesta enmascarado con diversas caretas o disfraces. A veces la frustración de la voluntad de sentido se compensa mediante una voluntad de poder, en la que cabe su expresión más primitiva: La voluntad de tener dinero. En otros casos en que la voluntad de sentido se frustra, viene a ocupar su lugar la del placer. Esta es la razón por la que la frustración existencial suele manifestarse en forma de compensación sexual y así, en los casos de vacío existencial, podemos observar que la libido sexual se vuelve agresiva.”

Pero este problema no es nuevo. Tres milenios atrás en el Eclesiastés ya se advertía sobre el peligro de desplazar la fe. El sabio de la antigüedad hace un hipotético planteo: Observar la realidad y sacar conclusiones prescindiendo de lo que hay más allá. Analiza todas las cosas “debajo del sol”.

Recorre los diversos caminos que se presentan al hombre cuando prescinde de la fe trascendente. Toma la doble actitud del racionalista, que todo lo analiza como observador, y del empirista, que todo lo hace pasar por la experimentación. No se priva ni del placer ni del tener.

La conclusión es: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Hoy parafrasearíamos el superlativo hebreo diciendo “vacío de vacíos... todo es vacío.”

Cuando llega al capitulo final presenta poéticamente al hombre en la última etapa de la existencia, cuando ya se apresta a enfrentarse con la muerte. El paso del tiempo ha dejado en él sus huellas, sus sentidos se van apagando, las fuerzas lo abandonan. Llega la hora de la verdad suprema. Entonces concluye con el consejo final:

Acuérdate de tu Creador ahora que aún no se ha roto el cordón de plata ni se ha hecho pedazos la olla de oro; ahora que aún no se ha roto el cántaro a la orilla de la fuente ni se ha hecho pedazos la polea del pozo. Después de eso el polvo volverá a la tierra, como antes fue, y el espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio.

Yo, el Predicador, repito:

¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad !

El discurso ha terminado. Ya todo ha sido dicho. Honra a Dios y cumple sus mandamientos, porque eso es el todo del hombre.

Han pasado tres milenios, las transformaciones producidas por la ciencia y la técnica cambiaron el rostro del mundo, soportamos sobre nuestras espaldas más de dos milenios y medio de reflexión filosófica sistemática, pero los problemas humanos siguen siendo los mismos.

El hombre sin fe no encuentra más que vacío en la existencia, por eso se entrega con fruición a los excesos, buscando narcotizarse frente a la vacuidad de su propia existencia. Busca en el vértigo la vía de escape para su angustia.

Esa angustia que con tanta precisión describió Rubén Darío cuando escribió:

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

Y el temor de haber sido y un futuro terror...

Y el espanto seguro de estar mañana muerto, (...)

¡Y no saber a donde vamos

ni de donde venimos...!

El hombre de fe mira más allá, sabe que el testimonio que recibe de sus sentidos y de su experiencia es limitado, que ante el misterio de la vida debe desechar la soberbia y atreverse a la fe. A una fe que no significa alienación de la realidad o fanatismo fundamentalista, sino lucidez ante la eternidad.

El hombre de fe rompe con la visión limitada del mundo, amplia su horizonte; no niega la razón pero va más allá de sus límites; no niega la evidencia de sus sentidos pero los trasciende. Resuelve aquello que Leopoldo Marechal llama “el teorema de Arriba”:

El Cristo es un teorema que se va demostrando

Tu mismo eres ahora su compás y su escuadra.,

Resolverás tu mismo la ecuación admirable...

Cuando resolvemos esa ecuación, cuando aceptamos el camino de la fe, nuestro mundo se amplia hasta el infinito y nuestra vida se proyecta a la eternidad.

Decimos, como decía el Salmista de la antigüedad:

Ciertamente como una sombra es el hombre;

Ciertamente en vano se afana;

Amontona riquezas y no sabe quién la recogerá.

Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?

Mi esperanza está en ti.

Entonces la muerte se transforma en solo un escalón, un paso que comunica la dimensión temporal con la dimensión eterna, y la angustia existencial desaparece para dejar paso a la paz de quien tiene esperanza.

Para finalizar quiero que recreemos en nuestra imaginación un pasaje del evangelio.

Estaba oscureciendo y los discípulos se embarcaron para cruzar el mar de Galilea. En la noche cerrada, cuando ya están en medio del mar, los sorprende una feroz tormenta. Tienen viento contrario y las olas gigantescas los tapan. Luchan desesperadamente por mantener el equilibrio de la nave y evitar el naufragio. No pueden hacer otra cosa más que luchar. Están en el mundo limitado, nadie puede claudicar o desembarcar. La angustia se apodera de ellos porque la fuerza física los va abandonando y eso significa el fin.

En este cuadro me parece estar viendo al hombre de hoy. Embarcado en el materialismo y ceñido por los límites estrechos de la razón siente que todo se sacude, pero vive en un mundo limitado. No puede ir más allá de los límites, el mar que lo rodea lo amedrenta y en cualquier momento lo va a devorar, pero no tiene caminos de salida.

Pero cuando la noche es más densa los discípulos ven venir una sombra sobre el agua. Al principio, supersticiosos, creen que es un fantasma y se acrecienta la desesperación.

Pero en medio del fragor de la tormenta se escucha la voz del maestro que dice: “Soy yo, no tengan miedo”

Entonces el Apóstol Pedro se dirige a Él para pedirle: “Si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua.”

Pedro sabe que su mundo es limitado, que sus fuerzas son escasas. Que racionalmente está encorsetado en una estrecha y angustiante realidad. Entonces da un salto de fe, se da cuenta que no es como dicen los racionalistas que la fe es estrechez y oscuridad. La fe rompe las limitaciones de nuestro mundo, nos libera de la estrechez, no saca de la oscuridad y nos proyecta hacia una realidad espiritual donde, si Dios está presente, todo es posible.

Y Pedro caminó sobre las aguas. Lo que era una realidad líquida y amenazante se transformó en un sólido pavimento y aunque la tormenta rugía y el viento bramaba él experimentó el poder de la fe que lo sostenía y lo llevaba hacia un destino seguro.

Porque solo la fe puede romper con nuestras limitaciones, solo por la fe podemos encontrar el sentido trascendente de la vida y solo con la fe podemos tener paz y esperanza.

Salvador Dellutri
Buenos Aires, 27 de abril de 2005

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