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Literatura

El pescador de Hombres
por Carlos Donatucci
«No temáis, porque yo los haré pescadores de hombres»
Juan 5:10

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Era un hermoso día, claro y soleado. Estábamos lavando las redes, como solíamos hacerlo siempre después de pescar, para quitarles todo resto de suciedad que les hubiera quedado.

En realidad, no sé porqué lo hacíamos en esta mañana, ya que la pesca había sido muy escasa y las redes estaban casi limpias. Pero nuestra disciplina de pescadores profesionales nos obligaba a cumplir con ese deber.

Mientras realizaba mi tarea, noté que a orillas del lago, no muy lejos de nosotros, una gran multitud se reunía alrededor de un hombre que les hablaba, al parecer enseñándoles. El asunto despertó mi curiosidad.

—¡Eh Andrés!, ¿sabes que es lo que está pasando allá con toda esa gente? —le pregunté a mi hermano, que estaba a unos pocos pasos.

—No sé, me pareció oír que es un Rabí, y que estuvo haciendo toda clase de señales increíbles, sanando gente enferma y cosas así. Parece ser de Nazaret, según dicen.

—Debe ser interesante lo que habla para que semejante multitud lo esté escuchando, ¿no te parece? —le repliqué.

—¿Quieres ir a ver de qué se trata?

—No, tengo que terminar con esto; pero si lo deseas puedes ir y después me cuentas. ¡Anda!

Andrés se alejaba caminando apurado por la polvorienta senda. Yo me quedé mirándolo, mientras continuaba con mi tarea. El mar estaba calmo. Las aves marinas revoloteaban sin cesar tratando de conseguir alguna presa.

El mar de Galilea. En realidad era un lago de agua dulce de regulares dimensiones, pero para nosotros era inmenso, indómito a veces y dócil otras, pero siempre cercano a nuestros afectos. Además, nos proveía de nuestro trabajo. De sus profundas y oscuras entrañas extraíamos el fruto que aseguraba nuestra subsistencia.

Habíamos vivido en sus orillas toda la vida, puesto que éramos oriundos de Capernaum Nuestras raíces estaban fuertemente ligadas a él. Éramos hombres duros, de acción, acostumbrados a lidiar con los fuertes vientos que cada tanto se desataban en la zona, produciendo tempestades de proporciones considerables.

Pero igual lo amábamos. Lo amábamos como al amigo que está siempre con nosotros aunque a veces nuestra relación era tempestuosa y a veces esquiva.

—¡Simón!, ¿Cómo fue la pesca de hoy? —La voz de Jacobo resonó con fuerza y me volví a mirarlo. Su tez curtida por el viento y el sol revelaba inequívocamente su profesión.

—¡Hola Jacobo!, la verdad es que no nos ha ido muy bien. Estuvimos toda la noche trabajando y nada hemos conseguido. Creo que no vale la pena seguir intentándolo por hoy.

—Bueno, tal vez mañana tengamos mejor suerte.

Jacobo subió a la barca contigua a la nuestra y comenzó a ordenar las redes para el día siguiente. Ambos estábamos absorbidos por nuestras respectivas tareas. Un murmullo lejano primero y creciente después, como el zumbido de un inmenso colmenar, me indicó que “algo” se aproximaba a nosotros.

Levanté la cabeza y pude observar una muchedumbre que avanzaba en nuestra dirección, liderada por el hombre de Nazaret, el Rabí. Una enorme polvareda los envolvía y la multitud seguía sus pasos mansamente, como ovejas que van detrás de su pastor.

Eran tiempos difíciles. El dominio y explotación de la Roma Imperial no nos hacía la vida más fácil. Los profetas y maestros abundaban y las referencias al esperado Mesías que nos liberaría del yugo Romano eran cada vez más frecuentes.

Ya había escuchado de un tal Juan, que predicaba en el desierto y proclamaba el arrepentimiento para el perdón de los pecados, bautizando en las orillas del río Jordán. Y hasta decían que había criticado ferozmente a Herodes el Tetrarca porque tenía por esposa a su cuñada Herodías. Mal asunto. Este Juan va a terminar mal si sigue así, pensaba yo. La multitud casi llegaba y por lo visto se dirigían directamente a nuestras barcas.

Mis ojos se detuvieron en el hombre que venía caminando al frente. Andaba despacio, permitiendo que todos le siguieran el paso, ya que muchos niños y mujeres integraban el nutrido grupo. Al parecer, su aspecto era bondadoso y agradable. Un niño a su lado le tomaba la mano, feliz.

El Rabí se detuvo justo en frente de nuestra barca. La gente se fue distribuyendo alrededor, rodeándonos por completo. El Maestro se acercó y preguntó mi nombre. Me pidió permiso para usar la barca a modo de plataforma para poder dirigirse desde allí a la multitud que aguardaba impaciente.

Fue imposible negarse. Algo en él era diferente. No podía explicar con seguridad que era, pero podía sentirlo. El Maestro subió a la barca ayudado por algunos de los presentes y se sentó en la proa. La muchedumbre permaneció en la orilla, los primeros sentados y los de más atrás de pie, esperando con ansiedad que las primeras palabras salieran de su boca.

Yo me acomodé en un costado. Tenía una posición privilegiada para escuchar lo que el Maestro diría. Imaginé que Andrés estaría por ahí en algún lado, mezclado con el gentío. Un respetuoso y expectante silencio se extendió sobre la gente. El Rabí los observaba, con una mirada de compasiva comprensión.

Entonces comenzó a hablar.

La multitud lo escuchaba reverente. Ni un solo sonido rompía el encanto del momento. El mensaje que llegaba a sus oídos era de esperanza, de vida, de paz, de un reino que no era de esta tierra, sino de otra dimensión, más allá de nuestros límites físicos, más allá de nuestro limitado entendimiento.

Hablaba como quién tenía la autoridad para hacerlo, con palabras simples, para que fueran entendidas por todos, pero con una profunda percepción del alma y la esencia del ser humano. Habló del amor hacia los otros, de hacer el bien a toda criatura, de dejar las diferencias que separan a todo hombre de su hermano. Bellas palabras, pensaba yo, un tanto idealistas para el mundo en que vivimos, pero definitivamente conmovedoras. La voz y el sentimiento que él ponía al decirlas traspasaban la piel más curtida como el filo de una espada, llegando hasta los huesos.

Yo era un rústico pescador, acostumbrado a lidiar con gente de toda clase y siempre estaba alerta, para cuidarme de cualquiera que quisiera aprovecharse de mí en lo más mínimo. No estaba acostumbrado a escuchar este tipo de discurso. El Rabí llegaba al final de su mensaje. La gente estaba silenciosa y en paz. Terminó con una bendición y la multitud comenzó a dispersarse de a poco. Yo permanecía a un costado, observando como él se despedía de todos.

Estaba pensando que el Rabí se iría con la multitud con la que había llegado, cuando, para mi sorpresa, se volvió hacia mí y me miró francamente. No sé como adivinó que la pesca nocturna había sido un fracaso, porque me dijo con firmeza:

—Lleven la barca hacia aguas más profundas y echen allí sus redes para pescar.

Lo miré pensando que tenía toda la buena voluntad del mundo pero que sus conocimientos acerca de la pesca eran casi nulos. Algunos decían que había sido carpintero en Nazaret, lo cual confirmaba mis sospechas. Si no habíamos levantado nada por la noche, menos conseguiríamos a esta hora del día.

—Maestro —le dije respetuosamente—, hemos estado trabajando duro toda la noche y no hemos conseguido nada.

Pero él insistió. Pensando que nada perderíamos haciendo un nuevo intento, más que unas pocas horas de trabajo, le respondí:

—Maestro, ya te he dicho que nada hemos conseguido. Pero en tu nombre echaré la red.

Andrés subió a la barca y comenzamos a hacer los preparativos para la nueva travesía. Jacobo y Juan al vernos, se aprestaron para ser de la partida también. Cuando todo estuvo listo, zarpamos. Un genuino estado de optimismo nos inundaba, aunque muy en mi interior creía que todo sería inútil.

El día era ideal para navegar. La proa de nuestra pequeña embarcación hendía el agua, subiendo y bajando, en un cíclico vaivén que nos mecía rítmicamente, con el intrínseco pulso de la marea.

Mientras nos adentrábamos en el mar, el Maestro miraba hacia la lejanía, en una extática contemplación, como si fuera parte de un todo con la naturaleza circundante. Nosotros llevábamos la barca más lejos de lo que solíamos hacerlo, con la esperanza de coronar con éxito nuestra búsqueda.

En un momento dado, el Maestro se incorporó de repente y nos pidió que arrojáramos las redes, con voz de mando. Así lo hicimos y nos dispusimos a esperar, como de costumbre. Jacobo y Juan estaban a una corta distancia de nosotros y nos saludaban agitando sus manos, felices de estar navegando, felices de sentir el balanceo de la barca.

Al rato creí que mis sentidos me jugaban una broma pesada. ¿Estaba mareado o la barca se inclinaba peligrosamente sobre uno de sus lados? Llamé a Andrés y comenzamos a recoger las redes. Pero no pudimos hacerlo. El peso era excesivo para nosotros y temimos que se rompieran debido a la inusitada cantidad de peces que contenían. Comenzamos a llamar a gritos a nuestros compañeros de la otra barca, que no podían creer lo que estaba sucediendo.

A decir verdad, yo tampoco lo creía. Miraba atónito la cantidad de peces sin dar crédito a mis ojos. Una sensación de temor me recorrió por completo. Era conciente de que algo prodigioso había ocurrido delante de mis propios ojos.

Un milagro .

No me atrevía a mirar a mí alrededor pero podía escuchar los gritos de júbilo de los otros. Las barcas estaban tan llenas que comenzaban a hundirse. Llamé a mis compañeros para que volviéramos hacia la costa por miedo a que las embarcaciones naufragaran.

La sorpresa de todos en la orilla al vernos llegar con la increíble carga fue total. Las barcas abarrotadas de peces eran un espectáculo digno de verse, que los dejó con la boca abierta. Pero yo no estaba tranquilo. Algo se agitaba dentro de mí. Había sido testigo de un poder sobrehumano, sobrenatural, la manifiesta obra de quien tenía potestad para dominar y doblegar a la naturaleza. Las palabras que había oído un rato antes en la orilla, cobraban un nuevo significado a la luz de los hechos recientes.

Él no era un hombre común. Podía reconocerlo a pesar de mi pobre educación. Yo era un simple pescador, pero podía percibir el poder que había emanado de su persona. De pronto lo tuve parado frente a mí. Me miraba con una curiosa expresión, como sabiendo lo que había en mi interior, la confusión, la duda, el temor. Sentí que me entendía y que me perdonaba por dudar de él.

Sin saber como, caí de rodillas delante de Él y le pedí que se apartara de mí, que era un hombre pecador, indigno de estar en su presencia. Todos los presentes miraban sorprendidos la escena sin entender, entre ellos mi hermano Andrés.

El Maestro me miró y con una infinita misericordia en sus ojos me dijo:

—No temas Simón Pedro, desde ahora serás pescador de hombres.

¡Pescador de hombres! No pude entender del todo lo que esto significaba. Lo que sí pude comprender de inmediato era lo que tenía que hacer de allí en adelante.

Después de llevar las barcas y asegurarlas en tierra, mi hermano y yo nos miramos y al instante supimos que nuestros corazones sentían exactamente lo mismo.

Él se alejaba caminando con paso cansino, dirigiéndose a otro lugar donde otras multitudes lo esperarían, esperanzadas, necesitadas, como ovejas sin pastor.

Nosotros, dejándolo todo, le seguimos.

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