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Editoriales
TERMINAR CON LAS DESIGUALDADES
Por Raul Scialabba
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Después de la extenuante carrera que tuvo a la sociedad polarizada y puesta su atención casi con exclusividad sobre el tema de las desigualdades, finalmente se aprobó la ley de matrimonio homosexual con adopción en nuestro país.

Una de las principales lecciones que deja la decisión tomada, es que cuando los argentinos quieren, - y sólo cuando quieren-, se comprometen con sus opiniones con pasión, debaten, se movilizan y ponen todos los recursos necesarios hasta llegar a un resultado.

¿Que pasaría si nuestros gobernantes, legisladores, políticos, líderes religiosos y de opinión, empresarios, estudiantes, profesionales y responsables de los medios de comunicación, tomaran la decisión de encarar una lucha sin cuartel y desesperada contra el resto de las desigualdades que en forma dramática afectan a millones de compatriotas?

Como cambiarían las expectativas ciudadanas si nos comprometiéramos con la misma pasión a movilizarnos para terminar de una vez y para siempre con la vergüenza que significa que un país que puede alimentar al mundo, no pueda asegurar que otra minoría, en este caso de niños, tenga el alimento necesario para no morir por desnutrición.

Seguramente nos sentiríamos reconfortados si creyéramos que en poco tiempo más, mediante una nueva legislación otra “minoría” compuesta por millones de jubilados, pudiera acceder a un haber mínimo que le asegure alimentación y medicamentos como mínimo.

Que bueno sería, sin con el mismo empeño se tomaran las medidas concretas y necesarias para terminar con el genocidio de otra “minoría” de adolescentes y jóvenes que entran en contacto con el paco, antes que con un libro de texto en la escuela y que no tienen lugar en la sociedad por falta de oportunidades de trabajo.

Cuanto mejor sería nuestra actitud diaria hacia la vida, sin con el mismo empeño viéramos que se articulan políticas, leyes y acciones que terminen con la inseguridad que crece día a día y parece no tener techo. No caben dudas que las razones de que aumente son consecuencia del accionar de otra “minoría” casi condenada por la marginalidad y el convencimiento de que no hay una vida mejor sino por el camino del delito.

De poco sirve hablar de minorías y mayorías cuando el 25,3% de los argentinos vive con menos de ocho pesos por día y se siente excluido por no poder acceder a lo mínimo y sin expectativas de futuro.

Creo que como cristianos también debemos sacar nuestras propias conclusiones.

Así como valientemente defendimos nuestra posición contraria a la ley, nos movilizamos públicamente por las calles de las principales ciudades del país, juntamos 600.000 firmas, hicimos hacer oír con argumentos valiosos nuestra postura en todos los estrados, debemos ahora replicarlo para ayudar con la misma pasión a terminar con las demás desigualdades que hoy sufrimos los argentinos.

No convirtiéndonos en un actor político, sino como activistas comprometidos de una visión integral del Evangelio, llevando la esperanza del mensaje de Jesús pero también nuestra acción concreta para terminar con estos flagelos.

No estemos callados ante la injusticia. Exijamos la misma urgencia y compromiso para terminar con todas las desigualdades. Hagámoslo desde lo individual creando conciencia entre los que nos rodean a diario, a nivel institucional desde las iglesias, generando nuevos canales para la acción, organizándonos y creando alternativas concretas, y sobre todo exigiendo como nunca antes a los gobernantes la celeridad y compromiso para conseguirlo.


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