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Devocionales
Nuestra doble ciudadanía - por Tim Lahaye y Jerry B. Jenkins

En 1998, el gobierno mexicano se unió a varios países más que les permiten a sus ciudadanos retener su ciudadanía por nacimiento al mismo tiempo que se convierten en ciudadanos de otro país. Son millones los ciudadanos mexicanos que están solicitando actualmente la ciudadanía doble.

En cambio, los Estados Unidos exigen que se renuncie a la ciudadanía estadounidense si se toma la decisión de convertirse en ciudadano de otro país. Por supuesto, hay una excepción. No hay ley que nos prohíba ser ciudadanos de los Estados Unidos y al mismo tiempo ciudadanos del cielo.

Esta ciudadanía se produce cuando “nacemos de nuevo” por la fe en Jesucristo. Nuestra ciudadanía natural la recibimos en forma gratuita al nacer, pero no la escogemos. Nuestra ciudadanía en los cielos es un don gratuito de Dios para aquellos de nosotros que invitamos a su Hijo a ser Señor de nuestro corazón por la fe. La ciudadanía natural es física y terrena; la celestial es espiritual y eterna.

Se espera de los ciudadanos que obedezcan las leyes de su tierra. También deben pagar impuestos para sostener su gobierno, y votar en las elecciones a fin de escoger a sus gobernantes. De forma similar, se espera también de los ciudadanos cristianos que obedezcan a su Señor, y todo lo que Él exige que crean. Las leyes de Dios se centran en una vida consagrada. Jesús nos llama a negarnos a nosotros mismos, tomar a diario nuestra cruz y seguirle: “... Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23). Los ciudadanos del Reino están llamados a tener siempre presentes las perspectivas eternas.

¿Cuales son estas perspectivas eternas?

Son las grandes posibilidades de la historia. El apóstol Pablo las describe como “esperar al Salvador”. Esta clave del éxito en la vida del cristiano no tiene nada de secreta; consiste en no perder nunca de vista esta perspectiva. Somos ciudadanos del cielo, y nunca debemos olvidar que el Señor podría venir en cualquier momento. Entonces, nos tomará a fin de que estemos con Él para siempre. Esta era presente no va a permanecer. Este mismo momento podría ser nuestro último día en la tierra.

Cuando la revista People publicó una historia especial sobre nuestra serie de novelas “Dejados Atrás”, insistió en que Jerry B. Jenkis, mi coautor y yo, posáramos para unas fotos especiales, mirando al cielo. Nos pareció un poco extraño que en tres lugares distintos nos hicieran posar durante cinco horas mirando al cielo, para lograr la única foto que usaron realmente en el artículo. Su foto parecía insinuar que teníamos la mente tan en el cielo, que no servíamos para nada aquí en la tierra.

¡Todo lo contrario!

Somos ciudadanos del cielo. Esperamos que el Señor regrese en cualquier momento. Este podría ser nuestro último día en la tierra. Por esa razón, tratamos de tomar las grandes decisiones de la vida a la luz de la eternidad. Cómo Moisés: “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:24-25) nos queremos negar algunos de los placeres de nuestra vida del momento a fin de disfrutar su aprobación para siempre.

Los que son ciudadanos de uno solo de los países, suelen tener la mente “en la tierra”. Pero los que gozan de ciudadanía doble toman las principales decisiones de la vida mientras esperan al Salvador, quien “transformará el cuerpo de la humillación nuestra para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya. “el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”. (Filipenses 3:21)

El cielo es para siempre. Por tanto, poned la mira en las cosas de arriba, no en las de este mundo: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”. (Colosenses 3:1-2).

La oración de hoy
Amado Señor, gracias por hacerme ciudadano del cielo por tu gracia. No merezco este privilegio, pero te doy gracias por él. Tengo el sincero anhelo de vivir cada día de acuerdo con tu voluntad. Ayúdame a evitar las decisiones de tipo terrenal, y a poner la mira en las cosas de arriba. Quiero poner en tus manos todos mis caminos. Usa mi vida como quieras. En el nombre de Jesús. Amén. Publicado en la revista número 28 de Enfoque Cristiano.

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